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¿Y QUÉ PASA A LA VUELTA DE LA ESQUINA?

Por Manuel Madrid Tataje, abogado urbanista

25/06/2025

Imagen extraída de Cosas.

A propósito de la restauración de fachadas en el centro histórico de Lima y la transformación de la avenida Abancay

La Municipalidad Metropolitana de Lima ha iniciado la restauración de más de ciento setenta fachadas históricas en el Centro de Lima, una intervención significativa en jirones clave como Azángaro, Callao, Huallaga, Junín y Camaná. Se trata uno de los proyectos más ambiciosos de los últimos años, ejecutado en el marco del plan de recuperación del Centro Histórico.

Este importante esfuerzo es simbólico y relevante, pues el corazón fundacional de Lima viene hace décadas agonizando entre el abandono y el desorden.

Pero esta buena noticia también plantea una pregunta urgente: ¿cómo logramos que este esfuerzo no se quede en la pintura de los muros, sino que sea parte de una recuperación integral de las edificaciones y espacios públicos?, y más complejo aún ¿cómo hacemos para que no se limite a los monumentos y pueda alcanzar esos espacios donde no hay edificaciones virreinales, pero sí miles de personas viviendo en condiciones indignas?

Restaurar es importante pero no es suficiente

No hay duda del valor histórico de estas edificaciones. Muchas de ellas son inmuebles con siglos de vida, testigos de nuestra memoria virreinal y republicana. Sin embargo, la restauración de una fachada -por muy elaborada o simbólica que sea- no es suficiente para garantizar la recuperación del inmueble si su entorno sigue siendo inhóspito, sucio y violento.

En muchas de estas zonas, salir de casa implica sortear veredas rotas, cables colgando, comercio informal desbordado y un tráfico caótico que convierte cada cuadra en una pequeña batalla. A ello hay que sumarle la vulnerabilidad social y la inseguridad. Y es ahí donde se vuelve indispensable ampliar la mirada.

La ciudad como un sistema y no como una maqueta

Una intervención urbana no puede quedarse en lo estético. Restaurar una fachada sin ordenar la calle es como pintar una puerta rota. La transformación debe ser integral: vulnerabilidad social, espacios públicos, accesibilidad, iluminación, limpieza, seguridad y movilidad. Solo así se construyen ciudades vivibles, y no vitrinas para turistas.

Es necesario que estos proyectos patrimoniales se integren a una política urbana más amplia, coherente y territorializada. Que no solo contemple el Centro Histórico tradicional, sino también lo que podríamos llamar su periferia simbólica, esa Lima inmediata que empieza donde acaban las fachadas con balaustradas y empiezan los muros con grafitis de compraventa de celulares.

Sectores como Monserrate, Barrios Altos, el Jirón Leticia, o los alrededores del Mercado Central y la Avenida Nicolás de Piérola tienen una densidad humana y comercial que no pueden seguir ignorándose. No tienen casonas de portada barroca, pero tienen vecindarios enteros que han sido olvidados por décadas.

La belleza también puede estar en lo cotidiano

Una adecuada política urbana no restaura sólo lo que es bello, sino que prioritariamente interviene en lo que es urgente. Y a veces lo más urgente es precisamente aquello que no aparece en las postales.

Que el Jirón Huallaga luzca impecable es importante. Pero que los niños puedan caminar seguros por los alrededores del Parque Universitario lo es aún más. Que se rescaten balcones virreinales es valioso, pero también lo es que los adultos mayores puedan cruzar una calle sin temer por su vida.

El verdadero impacto urbano ocurre cuando la transformación llega al barrio, a la esquina, a la parada del bus. Y para eso se necesita voluntad política, planificación territorial y una visión que vaya más allá de lo meramente estético.

¿Qué ciudad queremos reconstruir?

Si las fachadas restauradas no se integran a un entorno caminable, seguro y habitable, entonces la inversión corre el riesgo de quedarse en un bonito esfuerzo sin efecto multiplicador. Lo mismo que puede suceder con la Avenida Abancay, si su transformación no irradia hacia zonas adyacentes terminará encapsulada como una obra icónica, pero insuficiente.

Por eso, ahora que Lima está dando estos pasos, es crucial que no se repita el error de ejecutar intervenciones aisladas. La ciudad no es una colección de proyectos, es un tejido vivo. Lo que pase en la Avenida Abancay debe beneficiar también a los jirones laterales. Y lo que se logre en las fachadas debe ser el inicio de una recuperación más amplia, más social, más humana.

Conclusión

Lo que está ocurriendo en Lima, con la restauración de ciento setenta fachadas y el anuncio de la remodelación de la Avenida Abancay, es una señal alentadora. Pero también es un recordatorio de lo mucho que nos falta. Restaurar la ciudad no puede quedarse en lo simbólico ni en lo monumental. Debe tocar la vida cotidiana en sus habitantes, sobre todo de quienes hoy caminan entre la precarizad y el abandono.

Porque si queremos una capital que se respete no basta con embellecer el centro, sino que debemos dignificarla integralmente.

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